
Cuando el silencio duele tanto que no puede expresarse el duelo, solo su eco es capaz de revelar la magnitud de su impronta y la búsqueda de sentido que afrontan quienes tratan de recomponerse a una pérdida tan atroz.
El duelo al que uno/a debe enfrentarse tras una muerte traumática es una de las experiencias más desconcertantes y estremecedoras a las que puede verse expuesto/a. No solo cambia la vida, sino que la detiene, la frena en seco, la golpea, la deja sin referencia alguna a la que poder recurrir o acogerse, y hace temblar todos y cada uno de los cimientos sobre los que era sostenida, hasta despojarla de cualquier punto de apoyo.
Verse atrapado en la trayectoria de un semejante torbellino emocional tan caótico, hace posible que perderse a uno/a mismo/a en mitad de tanta consternación y desaliento sea una deriva comprensible (aunque no deseada) que aflore y emerja sin más cuando el dolor supera cualquier umbral conocido.
Las muertes súbitas —como el suicidio, los accidentes o las emergencias traumáticas— irrumpen bruscamente en el proceso natural de la vida y cambian por completo su continuidad, afectando sobremanera al duelo. Interrumpen, fragmentan y quiebran la existencia de quienes lo padecen generando un impacto tan brutal como decisivo en la forma de comprender lo sucedido, enfrentarse a la tragedia del momento, ser capaces de sostenerse ante unas circunstancias tan insoportables y, más difícil todavía, tratar de reconfigurar nuevamente una vida que, desde ese fatídico instante, jamás nunca volverá a ser la misma.
Las emociones a las que uno/a se ve abocado/a provocan el tránsito de un duelo complejo prolongado cuyo origen traumático despierta internamente un dolor casi imposible de poner en palabras y un sufrimiento emocional tan intenso y profundo del que no solamente resulta casi imposible desprenderse, sino que —por la propia fuerza con la que sacude—, parece no conceder tregua alguna, puesto que apenas deja respirar.
En este contexto, no resulta extraño que la reacción inmediata pase por congelar o suspender el duelo. Es como si la mente se viera obligada a pararlo todo para ser capaz de sobrevivir a la devastación inicial que se experimenta y actuar en modo de emergencia -y en realidad superviviencia— para destinar cada recurso interno de la persona únicamente a impedir que se derrumbe por completo. Su capacidad y funcionalidad habitual se ven reducidas al mínimo y sus emociones forzosamente anestesiadas.
Es así como el shock emocional entra en escena y toma el control. Lo hace como un mecanismo de defensa que protege —temporalmente— de un dolor imposible de procesar naturalmente y de golpe. Es como si produjese en nosotros un cortocircuito interno que entumece, bloquea y sostiene lo justo para no venirse abajo del todo. Con frecuencia implica la aparición de una especie de anestesia emocional que, a su vez, se acompaña de una sensación de irrealidad o desconexión que dificulta la posibilidad de llorar, sentir o, incluso, comprender lo ocurrido.
Lejos de suponer una señal de frialdad o de indiferencia, en realidad, se trata de un mecanismo de defensa que se activa ante lo insoportable o cuando el dolor supera nuestra capacidad de asimilación. De manera que, cuando sobrepasamos el margen —o umbral— de tolerancia que cada cual posee, en esos primeros instantes, nuestra mente prioriza la supervivencia y suspende provisionalmente la capacidad de integrar lo vivido. Solo más adelante, cuando la intensidad del impacto se reduce y permite una mínima apertura, el dolor empieza a abrirse paso y tener cabida, y el duelo, poco a poco, inicia su curso con dos importantes: primero, nuestra mente nos protege y nuestro cuerpo también, porque el cuerpo, nuestro cuerpo, siempre habla; segundo, cada persona avanza a su propio ritmo, sin que exista otra manera de poder hacerlo y, mucho menos, que alguien diferente a nosotros pueda ocupar nuestro lugar para ello.
Cuidado con las reacciones sociales que tan poco ayudan y que tanto menoscaban el proceso de duelo en ocasiones, especialmente cuando trivializan el dolor, minimizan la pérdida o empujan —aunque sea sin querer— a un ritmo que el doliente simplemente no puede seguir. Lamentablemente, pese a la buena intención que muchas veces hay tras ellas, en verdad, consiguen el efecto contrario como es invalidar experiencias profundamente dolorosas, aumentar el peso de la culpa, generar una presión extra imposible de sostener, emitir juicios innecesarios, realizar comentarios inapropiados, hacer uso de tópicos manidos e inservibles, y originar silencios incómodos que hieren y hacen aún más difícil y solitaria la nueva realidad a la que se enfrentan cuando ya de por sí resulta demoledora.
La incomprensión, el estigma y el silencio de lo que casi nunca se nombra y que, con demasiada frecuencia, se vive en soledad, supone un recogimiento forzado que envuelve a quien lo padece en el más absoluto desamparo y desánimo. Las huellas invisibles que deja una muerte tan devastadora no siempre son percibidas: permanecen ocultas, alojadas en un interior hecho añicos donde las heridas se abren a su paso sin posibilidad alguna de cierre y las cicatrices son incapaces de encontrar el modo de tomar forma a través del más que necesario proceso de cuidado y sanación.
Como decimos desde Capital Emocional: tendamos puentes hacia la esperanza y hagamos que nadie se sienta invisible.
La base que permite seguir adelante cuando todo parece desmoronarse pasa por ofrecer un sostén sólido que refuerce la idea de que el dolor compartido da paso a un camino más humano y acompañado con el que poder transitar este duelo.
El dolor merece ser visto, validado y acompañado, y aunque la pérdida sea irreparable, el camino compartido puede estar lleno de solidaridad, memoria y esperanza.
Tender una mano amable es, en sí mismo, un acto de amor y de vida con el que todos/as sin excepción podemos contribuir en los momentos difíciles de otros/as.
Si tienes un ser querido que está atravesando una situación nada fácil de sobrellevar, recuerda que tu atención y apoyo pueden ser el impulso que necesita para encontrar el camino hacia la recuperación.
Y si eres TÚ quien está sufriendo o sintiendo que lo que estás viviendo te supera, por favor, no decaigas, mantén la esperanza: hay ayuda, hay personas que se preocupan profundamente por tu bienestar, y hay una salida, incluso si ahora parece difícil de encontrar. A veces, el comienzo de un nuevo rumbo ES pedir ayuda. Soy consciente de que dar el primer paso puede ser difícil, pero no tienes que hacerlo solo.
Sea lo que sea lo que te pase, cuéntalo, compártelo, ayúdate y ayúdame a ayudarte si tu deseo es contactarme.
Si estás en un momento de crisis y/o necesitas ayuda en este preciso instante, por favor, haz uso de los recursos de ayuda que tienes a tu disposición los 365 días del año, las 24 horas del día:
¿Quieres seguir cuidándote y aprendiendo más sobre prevención del suicidio y salud mental?
Hablar es prevenir. Cuidar(nos) es prevenir.
Sigue mi Canal de WhatsApp para recibir contenido útil, reflexiones y recursos directos desde tu móvil.
Y si prefieres escucharlo, te invito a mi Podcast, un espacio donde, aprendiendo a vivir la vida en positivo, abordamos de un modo emocionalmente inteligente todo aquello que muchas veces cuesta poner en palabras mediante píldoras emocionales, entrevistas a profesionales especializados y testimonios de personas valiosas que como tú han estado —o están— en tu situación.
La Comunidad CE (Capital Emocional) es un refugio resiliente de divulgación, recursos y contenidos de interés que ayudan a sensibilizar y concienciar sobre la prevención del suicidio y la salud mental para todos/as aquellos/as que atraviesen momentos difíciles.
Únete, comparte y sé parte de esta red de apoyo. Juntos/as podemos tender puentes hacia la esperanza. Hagamos que nadie se sienta invisible.
Porque la información empodera, y acompañarse en el camino también es prevenir. Te espero al otro lado.
¡Eleva la dosis de tu capital emocional!