
Cada suicidio deja tras de sí un paisaje emocional asolado que los supervivientes deben recorrer entre un silencio atronador, preguntas incontestables y una ausencia que lo atraviesa todo.
Perder a un ser querido por suicidio cambia la vida para siempre. Obliga a quienes se quedan a transformarse desde una identidad quebrada, a reconstruirse a partir de lo inesperado y lo irreversible, a buscar sentido en medio de un vacío tan inimaginable como inigualable. Nadie está preparado para recibir una noticia así y, mucho menos, para encajar el golpe que asesta saber que alguien tan querido haya tenido un final marcado por un sufrimiento de tal magnitud. De manera insólita se ha de aprender a (con)vivir con una realidad que irrumpe sin previo aviso y de una manera tan abrupta como apabullante.
Tras una muerte por suicidio, los supervivientes —familiares, amigos, parejas, compañeros— se enfrentan a un duelo complejo prolongado de origen traumático que trae consigo un dolor difícil de nombrar y un sufrimiento emocional profundo para el que cuesta encontrar salida. Viene marcado por la incomprensión, el estigma y el silencio de lo que casi nunca se nombra y que, con demasiada frecuencia, se vive en soledad, en un recogimiento forzado y en el más absoluto desamparo y desánimo si no se dispone del apoyo imprescindible en esos momentos de tanta fragilidad emocional.
Supone un impacto tan vasto y una herida tan sobrecogedora que, además de arrasar, desordena, desestructura y lo remueve todo: las certezas, los recuerdos, incluso la forma de mirar el mundo y de mirarse uno/a a sí mismo/a y (a) los demás. No hay manuales, no hay fórmulas, ni tampoco pautas que sirvan —y puedan aplicarse— por igual a todas las personas (y sus circunstancias) para poder seguir adelante cuando el adiós se presenta de este modo. Solo surge una oportunidad única con la que avanzar a tientas, tratando de encontrar una forma propia de mantenerse a flote para continuar adelante, y haciendo lo posible por aferrarse a lo fundamental con el fin último de sostener la vida en medio de un dolor inconmensurable que desborda y arrasa con cualquier referencia previa y que, en simultáneo, exige reaprenderlo todo.
El dolor del duelo silencioso
El suicidio es una tragedia que deja tras de sí un silencio tan ensordecedor y estruendoso que impone la aceptación de una pérdida para la que difícilmente alguien puede estar listo. Para muchos supervivientes hablar de lo sucedido resulta casi imposible y, sin embargo, se interpone como el paso indispensable para comenzar a sanar.
Reconocer la complejidad de un fenómeno como el suicido en una figura tan cercana en la vida de uno/a y permitir que esa nueva realidad tome un lugar en la propia historia, encontrar el espacio para ser capaz de nombrar lo que duele y lo que tanto desconcierta, atender al ritmo particular con el que cada quien pueda salvaguardarse, así como entregarse a ciegas al tiempo y a la comprensión de las necesidades que uno tenga para poder seguir habitando la vida con un mínimo de estabilidad y sentido son algunas de las cargas invisibles y demandas irremediables que acompañan a este tipo de duelo.
Las huellas no vistas e invisibilizadas
El impacto emocional y la afectación biopsicosocial tras un suicidio puede prorrogarse durante años. El dolor, el sufrimiento, la ansiedad, la angustia, el desconsuelo, el vacío, la depresión, el insomnio, la culpa, el aislamiento social, la incredulidad, el miedo y un sinfín de emociones y sensaciones entrelazadas que son experimentadas por quienes pierden a un ser querido por suicidio, son capaces de desbordar a quienes las viven en primera persona y, al mismo tiempo, de condicionar profundamente su manera de relacionarse consigo mismo, con los demás y con el mundo durante mucho tiempo. Ningún superviviente debería afrontar un momento vital tan desolador y desgarrador en soledad.
Romper el estigma, abrir caminos
Hablar de suicidio continúa resultado difícil para muchos. Sacar el tema o simplemente mencionarlo, aún hoy, despierta resistencia y malestar. Permanece como un asunto que provoca silencio y tensión. Genera incomodidad y, aunque pretendamos hacer ver lo contrario, sigue siendo un tema tabú que cuesta abordar. A menudo, quienes han perdido a alguien por esta causa sienten que su dolor no posee un lugar legítimo en la consideración más pública y social. Tristemente, se ven tan expuestos y señalados que, con demasiada frecuencia, sienten que deben justificarse o protegerse del juicio ajeno, aun cuando lo último que necesitan es precisamente cargar con más peso del que ya llevan a cuestas o están intentando sostener. Por desgracia, se ven sometidos —y han de enfrentarse— a las miradas de quienes no alcanzan a dimensionar la situación, la interpretan desde fuera o emiten valoraciones injustas que aumentan la sensación de incomprensión y ahondan aún más en el aislamiento en el que ya se encuentran.
Como decimos desde Capital Emocional: tendamos puentes hacia la esperanza y hagamos que nadie se sienta invisible.
La base que permite que un superviviente pueda seguir adelante cuando todo parece desmoronarse pasa por ofrecer un sostén sólido que refuerce la idea de que el dolor compartido abre un camino más humano y acompañado con el que poder transitar este duelo.
Una responsabilidad compartida
El sufrimiento de los supervivientes no debe ser en vano. No podemos hacer que recaiga únicamente sobre sus hombros, porque nadie está exento de que, algún día, esa carga, recaiga sobre los propios. La sociedad en su conjunto debe asumir la responsabilidad y los riesgos de una realidad que nos concierne a todos y que, a la par, nos recuerda que también formamos parte de la solución. Acompañar a los supervivientes implica sensibilizarnos, humanizarnos y aprender a responder sin demora como comunidad, evitando caer en la indiferencia o en la tentación de mirar hacia otro lado porque no nos ha tocado de cerca.
Hacer lo posible por construir entre todos una cultura del cuidado en lo que respecta a la salud mental y, muy particularmente, en torno al suicidio y su prevención se vislumbra como una actitud impostergable y comprometida para la que todos podemos sumar y aportar. Porque cada gesto cuenta, y mucho.
El dolor de los supervivientes merece ser visto, validado y acompañado, y aunque la pérdida es irreparable, el camino compartido puede estar lleno de solidaridad, memoria y esperanza.
Tender una mano amable es, en sí mismo, un acto de amor y de vida con el que todos/as sin excepción podemos contribuir en los momentos difíciles de otros/as.
Si tienes un ser querido que está atravesando una situación nada fácil de sobrellevar, recuerda que tu atención y apoyo pueden ser el impulso que necesita para encontrar el camino hacia la recuperación.
Y si eres TÚ quien está sufriendo o sintiendo que lo que estás viviendo te supera, por favor, no decaigas, mantén la esperanza: hay ayuda, hay personas que se preocupan profundamente por tu bienestar, y hay una salida, incluso si ahora parece difícil de encontrar. A veces, el comienzo de un nuevo rumbo ES pedir ayuda. Soy consciente de que dar el primer paso puede ser difícil, pero no tienes que hacerlo solo.
Sea lo que sea lo que te pase, cuéntalo, compártelo, ayúdate y ayúdame a ayudarte si tu deseo es contactarme.
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