
Cada pérdida por suicidio deja una herida profunda en quienes sobreviven. Este día nos invita a reconocer su dolor, ofrecer espacios de apoyo y recordar que el duelo compartido se transforma en la fuerza necesaria para seguir adelante.
El tercer sábado del mes de noviembre se conmemora el Día Internacional del Superviviente a un Suicidio para dar visibilidad al dolor que padecen las familias y las personas que han perdido a un ser querido por suicidio.
Esta fecha también busca dar voz a quienes suelen quedar en silencio o directamente son silenciados socialmente, permitiendo que su duelo y sus necesidades sean escuchados sin miedo, sin estigma, sin la presión de tener que ocultar su verdad, sin tener que disfrazar lo que realmente sienten y, más importante todavía, sin asumir expectativas ajenas sobre cómo deberían vivir su duelo.
Familiares, amigos, compañeros de trabajo o cualquier persona que se ve profundamente impactada por la pérdida trae consigo un duelo complejo y muchas veces invisible, que ante todo merece ser atendido con sensibilidad y acompañamiento especializado.
Hablar de una muerte por suicidio dentro de la familia o de alguien muy cercano a ella suele despertar una mezcla intensa de dolor, aflicción y silencio. La culpa, las preguntas sin respuesta, la tristeza, la angustia y el miedo a reabrir la herida pueden hacer que cualquier intento de conversación resulte abrumador. Aun así, abrir ese espacio resulta vital para quienes sobreviven a esta pérdida, porque poner en palabras lo sucedido, acoger su duelo y abordar la complejidad que trae consigo el fenómeno del suicidio ayuda a mitigar parte del peso emocional con el que cargan los familiares y allegados.
Es un día de memoria y acompañamiento, para honrar el dolor y hacer visible la experiencia de los supervivientes, ofreciéndoles lo que de verdad puede convertirse en un aliciente en la profundidad de su desconsuelo y duelo: apoyo y esperanza. No se trata de borrar la herida ni de ni de forzar —o empujar— mediante consuelos rápidos que alivian solo en apariencia o que conllevan dejar un vacío aún mayor. Se trata de reconocer la magnitud de lo vivido y permanecer de manera empática y solidaria junto a quienes hacen todo lo posible por seguir adelante con una ausencia que les atraviesa en su día a día. Por ello, apoyarles con presencia, escucha y respeto ya es, en sí mismo, un gesto reparador, además de una responsabilidad de la que nadie está exento.
El suicidio es un problema global de salud pública cuyo registro más actualizado alcanza las 727.000 personas muertas por suicidio en el mundo (OMS, 2021). La ansiedad, la depresión y otros problemas emocionales se han convertido en la segunda causa de discapacidad prolongada y sufrimiento, que implican el aumento del número de años de vida saludable perdidos, generan gastos en atención de salud para las personas y las familias afectadas, y ocasionan pérdidas económicas sustanciales en todo el mundo (OMS, 2025). En España, en 2023, el número de suicidios se situó en 4.116, con un equivalente a la muerte de 11 personas diarias según los datos definitivos publicados por el INE (2024). Esta cruda realidad exige un compromiso firme y sostenido en el tiempo para reducir estas muertes y acompañar a quienes desgraciadamente quedan atrás.
El peso del silencio
El suicidio no solo arrebata vidas, también deja tras de sí un silencio ensordecedor cargado de culpa, vergüenza, intenso pesar y preguntas que rara vez encuentran respuesta. Muchas familias sienten que no pueden hablar de lo ocurrido por miedo al juicio social o la sensación de que nadie sabrá cómo hacer para preservar su dolor. Este silencio no protege, solo aísla, empeora y agudiza la fragilidad a la que se ven expuestos. Romperlo es el primer paso para sanar, para (re)conocer su verdad y poder hallar algo de consuelo en la posibilidad de que su duelo pueda ser escuchado, comprendido y, en realidad, permitido sin temor.
La necesidad de apoyo y espacios de encuentro
Ningún superviviente debería afrontar un momento vital tan desolador y desgarrador en soledad. La presencia genuina, la cercanía humana, la capacidad de escucha empática y la disposición de acompañar es a menudo la base que permite que un superviviente pueda seguir adelante cuando todo parece desmoronarse. Por ello, promover asociaciones, grupos de apoyo o terapia individual especializada ofrece un sostén que difícilmente puede hallarse en otros espacios y refuerza la idea de que el dolor compartido —ya sea honrando la memoria del ser querido, transformando el dolor en acciones que puedan convertirse en apoyo para otros o encontrando simplemente un lugar donde la experiencia propia es reconocida sin explicaciones ni necesidad de defensa alguna— abre un camino más humano y acompañado para transitar este duelo.
El impulso, la calidez, el apoyo y la fuerza que emerge, brinda y nace del vínculo que se crea entre quienes atraviesan el duelo de una muerte por suicidio, también, junto a los profesionales especialmente cualificados que los sostienen, no eliminan el dolor, aunque sí lo vuelven más habitable y les ofrece la posibilidad de seguir avanzando desde la herida.
Lo que podemos hacer como sociedad
Acompañar a los supervivientes implica sensibilizarnos como comunidad y ante todo hacer todo lo posible por fomentar una cultura del cuidado en torno a la salud mental y, muy particularmente, al suicidio y su prevención. Cada gesto cuenta, y mucho.
Actuar de manera urgente ya no es una opción, sino una responsabilidad colectiva de la que todos, incluidos nosotros, podemos ser parte activa de la solución a un problema de enorme calado, marcado por circunstancias traumáticas y consecuencias profundamente dolorosas.
El día de hoy es un recordatorio más que contundente de que la prevención y el apoyo especializados no pueden seguir aplazándose.
¿Cuánto más se necesita para asumir la urgencia de intervenir decididamente y de una vez por todas tal y como precisan todas y cada una de las personas que conviven cada día con un duelo en soledad y que no les permite transitar su vida por un esencial camino hacia la recuperación y (re)construcción de un futuro que sienten quebrado?
¿Cuánto sufrimiento más debe acumularse en quienes han perdido a alguien por suicidio, cuántas vidas debe seguir dañando este duelo tan devastador, para que la respuesta sea por fin acorde a la verdadera envergadura del problema y se actúe con la sensibilidad y la cobertura que esta realidad exige?
¿Qué estamos esperando para poner en marcha las medidas tan suficientes como necesarias de prevención, intervención y postvención que respondan —y atiendan— las necesidades de quienes se adentran en este duelo, que eviten nuevas pérdidas y garanticen un apoyo continuado y accesible para todas las personas afectadas, sin seguir postergando lo que ya es inaplazable?
El dolor de los supervivientes merece ser visto, reconocido y acompañado con humanidad, solidaridad y profesionalidad. Este día (nos) recuerda que, aunque la pérdida es irreparable, el camino compartido también puede estar lleno de esperanza. El Día Internacional del Superviviente a la Muerte por Suicidio es una oportunidad para abrazar el dolor, transformar el silencio en palabra -a la par que acción-, y recordar que un itinerario así se torna insoportable cuando se hace en soledad.
Tender una mano amable es, en sí mismo, un acto de amor y de vida con el que todos/as sin excepción podemos contribuir en los momentos difíciles de otros/as.
Si tienes un ser querido que está enfrentándose a una situación nada fácil de sobrellevar, recuerda que tu atención y apoyo pueden ser el impulso que necesita para encontrar el camino hacia la recuperación.
Y si eres TÚ quien está sufriendo o sintiendo que lo que estás viviendo te supera, por favor, no decaigas, mantén la esperanza: hay ayuda, hay personas que se preocupan profundamente por tu bienestar, y hay una salida, incluso si ahora parece difícil de encontrar. A veces, el comienzo de un nuevo rumbo ES pedir ayuda. Soy consciente de que dar el primer paso puede ser difícil, pero no tienes que hacerlo solo/a.
Sea lo que sea lo que te pase, cuéntalo, compártelo, ayúdate y ayúdame a ayudarte si tu deseo es contactarme.
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